‘Tokyo Godfathers’, el mejor y más desconocido Satoshi Kon

Tokyo Godfathers destaca por dar un giro de tuerca a los conceptos que tenemos asimilados de Satoshi Kon y que quizás, y solo quizás, aún no conocías.

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Espero que me perdonéis por esa pequeña licencia que me he tomado para encabezar el texto; no creo que haya un solo trabajo de Satoshi Kon que sobresalga sobre el resto. La corta —pero intensísima— filmografía del director japonés es única y perfecta en cada una de sus formas. Eso no quita que Tokyo Godfathers sea especial por salirse de la norma, por dar un giro de tuerca a los conceptos que tenemos asimilados de Kon y que quizás, y solo quizás, aún no conocías.

Sin ir más lejos, Tokyo Godfathers casaría muy bien como una de esas películas sobre las bondades del ser humano. Sólo que esta vez, la magia la pone Satoshi Kon y eso, se nota.

Es Navidad. Tres vagabundos se encuentran en un Tokio envuelto a un manto de nieve. Viven entre cartones, con poco dinero y cada uno con su propia historia que le ha llevado hasta ese lugar. Gin, un alcohólico que ha perdido a su mujer y a su hija. Hana, un hombre que sueña con ser mujer y tener a su propio hijo, y que fue abandonado por su madre al nacer. Y Miyuki, una joven chica que ha huido de casa.

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Su “normalidad” se ve alterada cuando descubren a un bebé llorando entre basura. La han abandonado y Gin, Hana y Miyuki se harán cargo de él, al menos de momento. Os podéis imaginar los sentimientos de Hana. Gin, en cambio, opina que hay que llevarla cuanto antes a la policía. ¡Mejor! Buscarán a su madre para descubrir y tratar de entender qué le ha llevado a abandonar a su hija.

De no ser porque durante esa noche encuentran al bebé, cualquier cosa que estos tres personajes hubieran tenido que contarnos habría sido esplendido. Personas, de carne y hueso, representadas a través del medio animado, pero tan reales y llenas de dolor que se te clavan en el corazón. Que el anime va mucho más allá del público infantil lo sabíamos, pero nunca viene mal recordarlo con historias como Tokyo Godfathers.

El filme de Satoshi Kon es una obra auténtica y llena de pasión. Los tres vagabundos nos enseñan, desde la mayor de las inmundicias, a amar y a ser amados. En estos días en los que la empatía ha acabado por resultar un término más teórico que práctico, Tokyo Godfathers sirve como ventana a la reflexión personal sobre nuestro papel en el mundo.

Pero no nos volvamos locos todavía, no todos los vagabundos sean tan carismáticos como los de Kon, ni la cosa va sólo por ahí.

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Durante la hora y media de cinta hay sitio para muchas cosas, y entre ellas también se retrata la peor de las caras del ser humano. Es una de esas cosas que no encontrarías en los arquetipos de las películas que mencionaba al principio, ni tampoco en una película de animación al uso. Lo importante, no obstante, es que la fortaleza de los vagabundos protagonistas es mucho más grande que todos los males del mundo.

Pues bueno. GinHana y Miyuki se pondrán manos a la obra a patear Tokio, a buscar y a indagar sobre la madre de la niña. Un viaje de varios días que ocupa el grueso de la trama, a través de pasajes de revelación y diálogos llenos de grandes frases que marcan los tiempos de una película muy divertida. Satoshi Kon nos ofrecía en Tokyo Godfathers su cara más amable, con una historia digna de recordar, además de por su mensaje introspectivo, por el buen rato y el buen humor que despide.

Hablando de conocerse a uno mismo, el bebé llega como caído del cielo —de hecho, Hana repite constantemente que se trata de un mensajero de Dios— para unos personajes que se ven arrastrados por la responsabilidad de cuidar al bebé, pero que también deben hacer frente a la gran carga emocional que arrastran. Las distintas vivencias que comparten durante esos días de frío y búsqueda son las que terminan por llevarles hasta el lugar del que llevan tanto tiempo huyendo.

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Son a fin de cuentas, una pequeña comunidad de tres vagabundos, y tienen mucho que enseñarnos sobre la familia. Nos lo dicen Gin y Hana: “Incluso el padre más inútil nunca olvida a un hijo”“Un hijo nunca olvida a sus padres”. Sobre esta espiral, con un bebé sin padres de por medio que acaba dando más juego de lo que parecía, se sitúa el trío protagonista.

Y no es que pretenda sentar las bases de ninguna familia, pero que en 2003 Satoshi Kon cogiera a personajes tan dispares y les abriera las puertas al núcleo familiar y al puro deseo de amor dice mucho de lo poco que hemos avanzado en estos años. Supone de una actualidad atroz, en cambio, cuando entran en juego sentimientos como el fracaso o el rechazo de la sociedad.

No me olvido del trabajo de animación y edición del filme, que funcionan a la perfección gracias al juego de luces y sombras bajo el que nos embauca, poniendo la guinda al realismo que requiere la obra. Música de Keiichi SuzukiThe Moonriders, por cierto.

Que Kon era un genio en lo suyo ya lo sabíamos, pero con Tokyo Godfathers tenéis la oportunidad —si aún no lo habéis hecho— de descubrir una faceta del director menos conocida y por qué no, más ocurrente y cercana con el espectador.




  • Nayuki

    Han pasado 4 años y aun se le hecha de menos, esta película es una maravilla, la he visto infinidad de veces y nunca me canso

  • Kipik

    Pues a mi no me gustó tanto, la peli en principio tiene una trama realista y algo seria pero la convierte en algo surrealista. Lo que no me gustó es que el final roza lo absurdo, cuando creo que lo ideal hubiera sido algo mas sobrio xD Prefiero Paprika la verdad, aunque también me decepcionó el final.

  • Luffink

    Hace un par de semanas la encontré por pura casualidad en una tienda de segunda mano y la ví esa misma tarde. Una película curiosa e interesante, aunque el final se me hizo algo raro