Reseña: ‘Battle Royale’ (novela)

El nombre de un género

¿Qué? ¿Battle Royale? ¿Qué es eso de Battle Royale? Vamos, no me digas que no lo sabes… ¿Por qué te tomas entonces la molestia de venir a ver una velada de lucha libre, eh?

Probablemente Koushun Katami no imaginaba que, dieciséis años después, su novela ya no necesitaría de esta pequeña introducción explicativa sobre el término de lucha libre. Battle Royale se ha convertido en la etiqueta denominadora de todo un subgénero. La premisa se ha entrelazado con toda clase de temáticas: ciencia ficción, terror sobrenatural, fantasía urbana… A veces un manga decide imitar el juego en una saga concreta, en otras ocasiones se le da un giro de tuerca a la premisa y la batalla se convierte en un enfrentamiento psicológico, en algunos casos las reglas se calcan prácticamente tal cual, y sólo cambia la nacionalidad de los protagonistas obligados a participar en tan macabro entretenimiento. Sea cual sea el caso, las referencias a esta obra son innumerables, y cuando se mencionan las palabras battle royale todo el mundo entiende lo que se pretende decir:

Una partida a un juego de supervivencia, en el que sólo puede quedar uno.

Pero, ¿es tan especial la novela que logró convertir su nombre en un referente del género thriller?

Battle Royale cuenta la historia de Shuya Nanahara, un estudiante que vive en la Gran República de Asia Oriental. Se trata de una versión distópica de Japón en un universo alternativo, un estado policial donde se premia el nacionalismo, se trata de eludir cualquier contacto con la cultura o los productos de los llamados “imperialistas americanos” y las libertades son coartadas por la autoridad. Una vez al año se celebra el Programa de Experimentación Bélica núm. 68 (o simplemente el Programa), y cincuenta clases de tercer año de instituto son seleccionadas de forma aleatoria para participar en él.

Como el bueno de Shuya no tarda en descubrir, las reglas son simples: el juego se celebra en una región hermética, generalmente una isla (como en el caso que nos ocupa). Los estudiantes reciben un arma al azar y todos tienen que tratar de ser el último superviviente. Cada uno de los estudiantes lleva un collar en torno al cuello, y si ningún estudiante de la isla muere en veinticuatro horas, todos los collares explotarán, asesinándolos. El terreno de juego está dividido en sectores, y el perímetro se va reduciendo; el collar también explota si un estudiante se queda en uno de los sectores que van resultando prohibidos. Cada seis horas, la red de megafonía del juego informa a los participantes de las nuevas zonas prohibidas y de los nombres de los compañeros que han muerto. Es un sistema perfecto, del que resulta imposible escapar sin mancharse las manos. El ganador recibirá una pensión vitalicia y una tarjetita firmada por el Gran Dictador.

La cantidad de alumnos en la clase de Shuya bien puede intimidad al lector. Cuarenta y dos personajes son muchos, incluso para una novela convencional. Aun así, el autor se encarga de asignar a cada uno rasgos claros y distintivos, y de ir recordándolos cada vez que hacen acto de aparición. Uno nunca llega a memorizar todos los nombres, pero en todo momento sabe sobre qué personaje está leyendo. Si bien es la historia de Shuya Nanahara, la narración no se queda permanentemente anclada a él: la escena irá cambiando de un personaje a otro cuando las circunstancias lo requieran. Con la ayuda de breves pero intensos flashbacks en los momentos oportunos, iremos no sólo averiguando más sobre las motivaciones y la psicología de cada personaje, sino también atisbando una buena muestra de lo que significa vivir en semejante dictadura: una visión realista de un país oprimido, lleno de ciudadanos paranoicos y desconfiados con sus vecinos, envilecidos por un gobierno que ha logrado hacer del fascismo una herramienta efectiva.

Hay una buena cantidad de muertes truculentas en la novela, desde luego. La vida humana es frágil y hay innumerables formas de acabar con ella. El autor ofrece descripciones bastante gráficas de los asesinatos, a veces llegando a recrearse innecesariamente en ellas y otras describiéndolas con elegancia y respeto. Sin embargo, aunque los asesinatos sean el cebo para atraer al lector, resultan no ser lo esencial: lo que resulta verdaderamente cautivador, de cierto modo morboso, es ver cómo poco a poco se van deshilachando las relaciones entre los estudiantes a medida que pasan las horas y su número va decreciendo. Amistades, rivalidades, amoríos… la clase de tercero B del instituto Shiroiwa es un lugar normal, con alumnos mediocres o talentosos, estúpidos o astutos, pero todos se conocen entre ellos, o al menos creen que se conocen. Después de todo, en la guerra cualquiera puede matar a un desconocido para sobrevivir pero, ¿quién puede atreverse a apuntar a un compañero con un arma? ¿Y quién puede atreverse a confiar lo suficiente en él como para dejar la espalda desprotegida?

Las relaciones amorosas, correspondidas o no, acaban por ser una parte vital de la dinámica. Shuya resulta ser inesperadamente popular entre las chicas, aunque descubrirlo en semejantes circunstancias no le sirva de gran cosa. La importancia de este elemento no desentona, puesto que se trata de una novela llena de protagonistas de quince años, y la atracción puede resultar tan letal como una pistola en ciertas ocasiones. El autor se muestra anticuado en algunos aspectos (como por ejemplo en la extraña indignación, dadas las circunstancias, del narrador o los propios personajes cuando la cara de una chica bonita queda desfigurada), pero también podemos hallar personajes femeninos fuertes y creíbles. Ciertas conversaciones sobre la situación del país y la filosofía con la que los personajes deben encararla terminarán por ponernos en su pellejo y a la vez darnos qué pensar al respecto.

Acerca de la adaptación, el traductor José C. Vales se encarga de hacer asequible la novela con un vocabulario variado y cercano que difícilmente quedará desfasado en años futuro (recordemos que es una obra sobre adolescentes de los noventa, tanto asignarles argot de esa cada vez más distante época como dotarles del de los jóvenes actuales habrían resultado decisiones erradas). El volumen, de tapa blanda, tiene 688 páginas e incluye un mapa de la isla realmente práctico para seguir los pasos a los personajes. La novela ha sido publicada por la editorial Planeta, bajo el sello Booket.

Para cualquier aficionado a los battle royale, esta novela es simplemente indispensable, y cualquier aficionado a la cultura japonesa o sencillamente al thriller también la encontrará sin duda interesante.




  • JhonC

    Te quedas con el manga o la novela?

    • Malfuin

      No estoy en condiciones de elegir, porque sólo leí el primer tomo del manga y hace años.

      El manga tiene muchas ventajas porque es más sencillo quedarte con los personajes si los estás viendo (aunque no soy fan de algunos diseños), y por lo que sé es realmente fiel (de hecho, permitió al autor autocorregirse en algunos aspectos, es normal retocar un poco la historia al “reescribirla”).

      Pero una novela siempre va a tener a ventaja de que puedes meterte mejor en la cabeza de los personajes e imaginar las escenas a tu manera. Y está el hecho de que lo que en la novela es un tomo de 13€ en manga son 15 volúmenes de 8,50 xDDD

      Como no he leído el manga entero para saber las diferencias, no puedo opinar bien, pero creo que en este caso van muy a la par y lo mejor es ir a por tu formato preferido, que para mi particularmente es la novela.