Reseña: ‘Rurouni Kenshin’ (live-action)

Cuando el pasado nos atormenta

Seguramente muchos de vosotros conocéis al personaje de Kenshin Himura por el anime (Kenshin, el guerrero samurái) o por el manga (Rurouni Kenshin: la epopeya de un guerrero samurái). Este live-action salió a la luz en el 2012, después de múltiples rumores de que se estaba intentando llevar al samurái a la imagen real. La película está directamente basada en el manga homónimo y supervisada personalmente por su autor, Nobuhiro Watsuki. Debemos agradecer que la Warner Bros solo funcionó como productora, ya que el encargado de realizarla fue el Studio Swan, con Keishi Otomo a la cabeza como director.

En España, la encargada de licenciar esta película en el 2012 —y las dos siguientes que completan la trilogía en el 2014— fue Media3 Estudio.

El pasado nos persigue

La película nos sitúa en la nueva Era Meiji japonesa, una época de renovación y paz que pretende dejar atrás los duros momentos de guerra del Bakumatsu que terminaron con el Shogunato Tokugawa y, por ende, con el poder de los samuráis. Kenshin Himura es uno de estos samuráis venido a menos, más concretamente un rurouni: un samurái vagabundo que ayuda a otras personas a cambio de comida o la voluntad. Esta palabra fue un neologismo creado por el autor en clara referencia a la palabra ronin que era como se les llamaba en Japón a los samuráis vagabundos o sin amo. Un concepto que fue desapareciendo con la llegada de la Era Meiji.

Sin embargo, Kenshin no es lo que aparenta ser. A pesar de llevar una vida tan humilde y modesta, esconde un lúgubre pasado tintado de sangre. Como participante en el Bakumatsu a favor de la causa del Emperador y de la Restauración, Kenshin se ganó el apodo de Hitokiri Battosai, el asesino de la técnica de Battojutsu, una de las escuelas de envaine y desenvaine rápido. Numerosas víctimas cayeron bajo su mano y, tras cumplir lo que había prometido movido por sus ideales de un Japón mejor, Kenshin abandonó la lucha y desapareció durante diez largos años para volver como alguien redimido bajo la promesa de no volver a matar a nadie nunca más. La mejor prueba de ello será su espada de filo invertido, la sakabato, con la que puede defenderse, pero no herir de gravedad. Aun así, en contra de su voluntad, Kenshin deberá enfrentarse a los problemas de la nueva era que ha ayudado a crear, muchos de ellos reflujo de un pasado que se empeña en perseguirlo.

 

Kenshin conocerá a una serie de personajes que lo acompañarán en su nueva lucha, amigos por los que el samurái entenderá que merece la pena desempolvar ciertas ideas dejadas atrás. El protagonista indiscutible de esta historia, nuestro espadachín pelirrojo, está genialmente interpretado por Takeru Satoh, un actor que va como anillo al dedo para el personaje por su complexión y su físico. El resto del reparto principal lo completan Emi Takei como Kaoru, dueña del dojo Kamiya Kashin-Ryu, nuevo hogar de Kenshin; Yu Aoi en el papel de la inteligente y elegante doctora Megumi; Munetaka Aoki se encarga de encarnar a Sanosuke Sagara, un luchador de carácter conflictivo que se acabará convirtiendo en el principal compañero de Kenshin en sus refriegas y Taketo Tanaka como Yahiko, el desobediente alumno de Kaoru.

Respecto al doblaje en español, tenemos la suerte de tener a Carlos Lladó, el veterano actor de voz —quien ya ha pisado muchos animes—, interpretando a Kenshin de una forma muy correcta. No hay excesivas quejas del elenco exceptuando quizá a la dobladora de Kaoru, a la que le falta énfasis y soltura.

Lo más molesto es escuchar ciertos nombre japoneses mal pronunciados o, directamente, cambiados. Algo que desconcierta bastante cuando se nombra a un personaje o a un elemento en concreto.

Un live-action… ¿potable?

Estoy segura de que no tiene que ser nada sencillo transformar un manga —con su historia correspondiente— en una película de actores de carne y hueso, en especial por el toque real que se le quiere dar. Y podéis pensar: ¿pero no es acaso el realismo lo que buscamos en un live-action? Sí, imagino que la mayoría de la gente es lo que quiere, pero llevar a cabo esa realidad de una forma natural es lo difícil, ya no solo porque se carga la parte imaginativa que le imprimimos a un manga mientras lo estamos leyendo, sino también porque, a veces, el realismo excesivo puede quedar… ridículo.

Pero vayamos por partes para que podáis comprender mejor por qué considero que este live-action se queda flojo en algunos aspectos.

Empecemos por el que considero un problema menor hasta cierto punto: la banda sonora. No estoy diciendo que la banda sonora no sea importante, porque lo es —¡y mucho!— en cualquier película, serie o videojuego que se precie. La BSO es el alma de la ambientación, la que nos ayuda inconscientemente a situarnos, relajarnos o tensarnos según lo requiera el momento. Hay escenas donde el compositor, Naoki Sato, acierta de lleno y la acción se ve acompañada de una música adecuada, pero hay otras en las que no. Para el tema principal habría preferido algo que nos transportara a ese mundo nuevo de la era Meiji, algo más japonés, y no una composición medio electrónica que casi nos recuerda al mundo árabe por las voces.

Estoy segura de que habéis visto —o al menos os suena— la famosa zanbatou, el espadón enorme que Sanosuke lleva todo feliz de un lado a otro para cuando las manos no le dan para tanto enemigo. Hasta aquí bien. ¿Cuál es el problema? En la película hay un momento de lucha en el que Sanosuke llega corriendo para ayudar a Kenshin con la zanbatou al hombro, y ésta, sencillamente… se bambolea como un palo de regaliz. ¿De verdad el presupuesto de 20 millones de dólares que se usó no daba para otro material que no fuera goma? No me sirve la excusa de la ligereza para que al actor no le pese ni nada de eso, porque se podría haber hecho hasta de plástico, pero hueca por dentro. Un fallo anecdótico, más que nada.

 

Aquí llegamos a ese realismo exagerado del que hablábamos antes. En el manga o el anime, a veces vemos movimientos o ejecución de ciertas técnicas de lucha que sabemos que un humano normal, corriente y moliente no sería capaz de hacer en toda su vida. ¿Qué ocurre cuando trasladamos eso a una película de imagen real que intenta ser realista e histórica? Pues que queda horrible. Y no hablo de saltos grandes o movimientos muy rápidos, porque son cosas que expertos en artes marciales pueden hacer (y si no me creéis miraos cualquier película asiática que incluya técnicas de estas). Hablo directamente de vuelos, pasando de un ambiente creíble a una estética shonen. Creo que la escena más característica para ejemplificar esto —entre todas las que hay— se la lleva Saito, el jefe de policía y también excombatiente del Bakumatsu. Su principal técnica de esgrima consiste en impulsarse hacia delante a la velocidad del rayo para dar una estocada frontal, pero en la película lo exageraron de tal manera que Saito vuela hacia delante, de forma literal. Y. Queda. Fatal.

 

Considero que uno de los puntos más fuertes del mundo de Kenshin —y que se ha sabido trasladar bastante bien a la película— es la ambientación. Nobuhiro Watsuki hizo un gran trabajo de investigación en su día para darle a la serie un buen contexto histórico. De hecho, en el manga, hay múltiples referencias a pie de página —algunas de extensión considerable— para explicar ciertos procesos que sucedieron en la Historia del país nipón, lo que le permitió al autor encajar a la perfección a unos personajes logrados en un mundo muy bien construido. Dichos personajes son lo que yo llamaría Marca de la Casa por la sencilla razón de que todos tienen un pasado, todos tienen unas aspiraciones y todos sufren una evolución a lo largo de la historia.

Aclarado esto, vamos con las dos cuestiones más graves que he visto. Ambas ocupan el primer puesto de esta pequeña lista porque se han merecido el ex aequo con creces, ya que tienen que ver con los propios personajes.

La primera que me chocó por sus formas frente al manga fue Kaoru. Ya en papel el personaje de Kaoru cumple un poco ese estereotipo de chica en apuros y toda esa parafernalia a la que, por desgracia, estamos acostumbrados, pero a pesar de ello, en el manga, Kaoru demuestra ser férrea en convicciones y habilidosa con la espada cuando lo necesita, ya sea para defender el dojo heredado por su padre o para proteger a quien lo necesita. Kaoru es fuerte, a pesar de ser en muchas ocasiones la excusa para que Kenshin se ponga en marcha. ¿Y qué nos encontramos en la película? Pues que la han reducido a una cría bastante inocente que solo sabe repetir continuamente «¡Kenshin! ¡Kenshin!». Me ha dado rabia y pena a partes iguales ver eso porque, vuelvo a recalcarlo: los personajes que construye Watsuki son interesantes, pero en la película algunos se quedan totalmente planos.

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Me he reservado para el final el caso de un personaje que me desconcertó a niveles insospechados. Cuando se produce el asalto a la mansión de Kanryu, el (casi) yakuza y empresario, Kenshin debe enfrentarse a un hombre que aparece enmascarado y ahí es cuando pensé: “Ah… este es Han’nya”, un miembro del grupo de espías Oniwabanshu que en el manga trabajaba para Kanryu, pero que en la peli brilla por su ausencia. A mitad de pelea se le retira la máscara y cual no será mi sorpresa cuando aparece un chavalín guaperas y rubio con unas pocas cicatrices en una mejilla. Han’nya, en realidad, ¡era un hombre grotescamente deformado por culpa de la guerra! Consultando el casting veo que no aparece el nombre de Han’nya por ninguna parte, sino un tal Gein. El desconcierto me llevó a revisar el manga porque me sonaba y, en efecto, Gein aparece, pero en el tercer y último arco, llamado Arco de la Venganza (Jinchuu-Hen). También es un personaje enmascarado, pero… ¿qué pinta Gein en la casa de Kanryu en la película? ¿Qué es esta mezcla extraña? Y no solo eso: ya expliqué cómo es su apariencia física al caerle la máscara, pero en el manga Gein es un viejo, un abuelo prácticamente, obsesionado con sus marionetas creadas para el combate, una tradición antiquísima de su familia que no está dispuesto a permitir que se quede en el olvido. Y en la película no tenemos ni abuelo, ni marionetas, ni coherencia. Porque Gein no debería aparecer aquí.

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Para terminar, por ahora

Supongo que para ver todo con una mejor perspectiva sería necesario verme las dos películas restantes que completan la trilogía de Kenshin: Infierno en Kyoto y El fin de la leyenda. Seguramente lo haga y termine analizándolas por separado, al igual que esta. ¿Qué podemos decir para concluir? Es una película con sus pros y sus contras, con una ambientación muy bien lograda -tanto en entorno como vestuario- y una buena forma de iniciarse en el mundo de Kenshin para aquellos que aún no lo conozcan.

De todas formas, mi recomendación siempre será el manga, aunque no niego que la película es entretenida -con algún toque de humor absurdo japonés incluido- y consigue mantener la atención del espectador en todo momento. Además, es cierto que no será lo mismo verla sin saber nada previo del manga que conociendo ya toda la historia inventada por Nobuhiro Watsuki (como fue mi caso). Así que, en general, recomiendo verla a todo aquel que le interese el mundo de los samuráis y la conflictiva Historia japonesa. Nada mejor que cada uno se forje su propia opinión.

Mediatres Estudio


compañía española Mediatres Estudio responsable de la licencia de cine asiático y anime japonés.





  • https://www.facebook.com/1797976673848699 Ana Mar

    A mí me encantó. Y Saito mola, vuele o no, porque ese vuelo no es sino un representación de la magia, elegancia y eficiencia de su mítica forma de luchar. Los demás espadachines son mucho más agresivos. Su magia o su poder se expresa de otras formas. El realismo que consigue Kenshin nos llega a través de la guerra, de las emociones y de la lucha interna del personaje. Para mí es una trilogía excelente. Si eres un fan del manga, entiendo que no se pudiera comprimir todo en tres películas, pero trasladar un material tan extenso no debe ser nada sencillo y, francamente, las tres películas me parecen sensacionales y el ritmo es, además, creciente. Además, creo que han intentado ser fieles a la personalidad de cada personaje. No los han deformado, los respetan y ésa es la base primordial de cualquier buena adaptación.

  • Ana Mar

    A mí me encantó. Y Saito mola, vuele o no, porque ese vuelo no es sino un representación de la magia, elegancia y eficiencia de su mítica forma de luchar. Los demás espadachines son mucho más agresivos. Su magia o su poder se expresa de otras formas. El realismo que consigue Kenshin nos llega a través de la guerra, de las emociones y de la lucha interna del personaje. Para mí es una trilogía excelente. Si eres un fan del manga, entiendo que no se pudiera comprimir todo en tres películas, pero trasladar un material tan extenso no debe ser nada sencillo y, francamente, las tres películas me parecen sensacionales y el ritmo es, además, creciente. Además, creo que han intentado ser fieles a la personalidad de cada personaje. No los han deformado, los respetan y ésa es la base primordial de cualquier buena adaptación.

    • Rivka Ociosa

      ¡Hola! Gracias por tu comentario y perdona mi tardanza en responder ^^

      Como ya comento en la reseña, me falta ver las dos películas que completan la trilogía y que seguramente terminaré analizando. Pero es cierto que al venir del manga la película se queda un poco corta en ciertas cosas. Al personaje de Gein sí que lo cambian totalmente pero bueno… el resto se puede ver sin mucho problema jajaja. Un saludo!

Redactora de artículos variados (Neon Genesis Evangelion, Utena, Nier Automata, Berserk, D.Gray-man) sobre worldbuilding, personajes o narrativa. De vez en cuando alguno de opinión. Tengo un blog donde hago lo mismo pero con libros.