‘Blacksad: Un lugar entre las sombras’: decepcionante inicio

Hablamos de Blacksad, ganador de ese fantástico Eisner que Díaz Canales y el siempre brillante Guarnido consiguieron hace no mucho.

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Partamos de la base de que me quiero diferenciar de todo ese público puramente casual que, debido a ese fantástico Eisner que Díaz Canales y el siempre brillante Guarnido consiguieron hace no mucho, han decidido ponerse a hablar de Blacksad a todas horas como si se tratase de un nuevo mesías del cómic español (¡cuando se publicó primero en Francia, ojo!) que, animales antropomorfos mediante, ha venido a re-descubrirnos a todos el placer de leer un ejemplo más de que el cómic también puede ser maduro y toda esa parafernalia. Diferenciadme por el hecho de que, lo prometo, ya le tenía el ojo echado a la obra desde hace mucho tiempo, más del que puedo recordar incluso. No era desconocedor de toda la fama que la obra ha ido ganando poco a poco por culpa de esas numerosísimas recomendaciones que, sumadas a las muestras que pululan por la red del poco o nada sorprendente trabajo de Guarnido a unos lápices sencillamente espectaculares —no en vano trabajó o trabaja en Disney—, hacían ya de la historia protagonizada por John Blacksad algo popular dentro de lo underground.

Aún con todo, fue hace bien poco cuando por fin me aventuré a comprar el primer volumen; uno muy fino y decepcionante a partes iguales. La edición es buena, yo qué sé, acercaos a la tienda a mirar su tapa dura y pijotero papel. El problema es que lo de dentro, lo importante, no es precisamente lo que esperaba encontrar. Algo muy concreto no acaba de cuajar y de funcionar en este primer tomo. Algo necesario en cualquier obra y que, al menos a mí, me ayuda a discernir entre obras mediocres y publicaciones de calidad: el trasfondo. La obra tiene unos diseños muy cuidados y atractivos: invitan al instante a imaginar, a intentar ver un pasado oscuro en unos personajes que, por sus acciones y pensamientos, parecen esconder algo más. Algo que, desgraciadamente, no cuentan ni parece quieran contar. Los 12 euros que vale van íntegramente para que leamos una historieta simpática que intenta emular el cine negro estadounidense mostrando cómo un detective —gatuno en este caso— resuelve un caso de asesinato. Y no hay más. Sí, es una historia bien llevada —muy rápida, eso sí—, pero le falta ese fondo narrativo.

No sé si más allá la cosa mejora sustancialmente en ese aspecto, puede que sí y que entonces esta pequeña reflexión sea totalmente insustancial para ese lector que ha comprado más volúmenes de la historia que un servidor (aunque entonces tiene delito que aquí no se mostrara nada de eso), pero quizá sí que sea útil para el lector dudoso de comprar el primero y que no sabe que se va a encontrar con una obra que, a primeras, no satisfará a los que, como yo, no se conforman con la superficie más visible sino que necesitan algo más.




“Mi título dice que soy Ingeniero en Telecomunicaciones. Mi puesto de trabajo, que soy desarrollador de software. Pero mi corazón me hace creativo.”

Y es que no podía comenzar a escribir estas líneas sin parafrasear la célebre cita de Satoru Iwata que tan bien define mi dualidad y, ya de paso, mi amor por el mundo del videojuego.