Doraemon, desinformación, y cosas sobre la moral

El gato robot "es el demonio"

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No había leído a Santiago Roncagliolo, novelista y periodista en El País, hasta ahora, y me parece una verdadera lástima, porque mi primera toma de contacto con él ha sido bastante mala. Nefasta, me atrevería a decir. Porque hay una cosa a la que nos ha llevado el periodismo más bacanal y desinformado de nuestra era, y es a opinar y hablar de las cosas sin tener la más mínima idea. Creemos, de hecho, que a través de la elocuencia y el buen uso de las palabras podemos conversar sobre todo tipo de temas. Puede que acabemos de buscar sobre el tema en Internet, o que hayamos oído hablar del mismo a algún conocido. Da igual, porque tienes un teclado delante y estás deseando ponerte a opinar.

Es el caso, y a riesgo de equivocarme voy a caer en la misma trampa, de Roncagliolo, que ni corto ni perezoso titula una de sus columnas en El País como Doraemon y la moral. Un texto —aquí lo tenéis— reaccionario que pretende poner punto y final al “buen nombre” de la obra creada en 1969 por Fujiko Fujio.

Me gustaría, por un momento, hacer hincapié en la fecha que acabo de mencionar. Y es que aunque el manga acabara de publicarse en 1996, conviene tener bastante en cuenta en qué momento y en qué circunstancias nace Doraemon en Japón. El dúo de mangakas llegó hasta Doraemon tras el nacimiento de las revistas manga, los apartamentos tokiwa-so y los primeros vestigios de lo que el cómic japonés conseguiría como medio de expresión años después. Llegaba, además, bajo el pretexto con el que se hacía el manga de la época: Entretener a los niños.

El anime de Doraemon —la serie de dibujos animados— que conocemos a día de hoy se estrenaría en Japón poco después, a finales de los 70.

Roncagliolo comienza su texto hablando del odio que siente hacia la serie a la que están enganchados sus hijos, Doraemon. Lo acusa de ser un gato robot del futuro amoral que resuelve con sus aparatos mágicos los caprichos de Nobita, un niño que evita a toda costa hacer los deberes y las tareas del hogar, a la par que es incapaz de hacer frente a sus problemas.

Llegados a este punto, y a riesgo de que alguien no conociera la premisa básica en torno a la que gira la serie, el autor se saca de la manga lo siguiente:

Entre el gato y el niño hay un conflicto: Doraemon sospecha que Nobita no lo quiere de verdad. Tan sólo quiere aprovecharse de sus poderes. Y tiene toda la razón. La lección fundamental de la historia es: “No tomes las riendas de tu vida. Es mejor fingir amistad por alguien que te arregle los líos”.

Cuando leí allá por 2009 que Pocoyó era un peligro para los niños creí haberlo visto todo. Parece que no. Que las falacias están a la orden del día a la hora de hacer acusaciones, lo sabía. Que ahora los periodistas utilizan afirmaciones categóricas para referirse a las series que ven sus hijos en televisión, no.

¿Doraemon sospecha que Nobita no lo quiere de verdad? ¿Fingir amistad? ¿Riendas de la vida de un niño de diez años? Joder.

Cualquiera que haya visto más de cinco minutos de Doraemon seguidos podrá estar de acuerdo conmigo en que eso que escribe Roncagliolo es un poco disparatado. Y sólo hacía falta sentarse un rato delante de la televisión. O yo qué sé, buscarlo en la Wikipedia.

Pero tras el espectáculo de luces, llega la traca final.

Aunque se supone futurista, la familia de Nobita parece del siglo XIX. Al padre le importa un rábano todo, se pasa el día leyendo el periódico, y sólo se dirige a la madre para exigir su cena o quejarse por los fallos en la limpieza del hogar. La madre se ocupa de lavar la ropa y alimentar a los niños, y jamás sale de la casa. Como no puedo creer que sea así siempre, opto por investigar y le pregunto un día a mi hija de tres años.

Primero toca pedir perdón. Roncagliolo sí se ha documentado.

Segundo. Una vez mi padre, que es bien joven, me dijo que en su libro de Ciencias Naturales de primero de BUP decía que en el siglo XXI estaríamos viviendo en la Luna. Las proyecciones de futuro que en los 70 tuvieran Fujiko Fujio tampoco creo que fueran muy acertadas. En cualquier caso, volviendo a hacer hincapié en la fecha de la que data Doraemon, tildar la serie de machista resulta un poco imprudente, especialmente si tenemos en cuenta que por aquella época aún reinaba en España una “monarquía franquista”.

¿Debería seguir emitiéndose en horario infantil una serie en la que la madre no hace otra cosa que rendirse ante las tareas del hogar?

De nuevo, cualquiera que haya visto más de cinco minutos de Doraemon seguidos se habrá dado cuenta de que el papel que se da a la madre de Nobita —que es un mero personaje secundario— es el de madre. ¿Sorprendidos? Sí, la época y convergencia social de la que data la serie de dibujos animados es bastante propicia a encasillar a las figuras paternas en determinados quehaceres. Pero en cualquier caso, las apariciones de la madre de Nobita, como elemento humorístico de la serie, se limitan a regañar al chico por no dar palo al agua.

Porque, como bien explicaba Roncagliolo, la premisa de Doraemon es humorística. Nobita es un inútil. Doraemon su solución. Ya está, no hay más. Su profesor le regaña, su madre le regaña. Pero él tiene un robot del futuro que le permite hacer todo tipo de cosas. Y lejos de enseñarnos moralidades sobre las familias japonesas del siglo pasado, Doraemon nos enseña a soñar. ¿Quién no ha soñado con tener una puerta mágica capaz de llevarnos a cualquier parte del mundo? ¿O un cajón que en realidad es una máquina del tiempo? Además, ¿quién no se ha enamorado de Shizuka? ¿Odiado a Tsuneo por ser un ricachón que sólo consigue atención gracias a sus juguetes caros? ¿O incluso cogido simpatía al matón de Gigante por ser un cazurro sin solución?

La inigualable simpatía de Doraemon, la que me ha acompañado durante tardes y tardes, me ha enseñado a amar a un gato cuyo único propósito es el de hacer de hermano mayor y protector de un chico vago y patoso. Y todos hemos querido ser ese chico vago y patoso, sólo para que ese gato se colara en nuestra casa e hiciera de nuestra vida un auténtico sueño.

Es por eso que no entiendo qué serie ha visto Roncagliolo. Lo digo totalmente en serio, y a sabiendas de que un artículo indocumentado e incendiario es una muy buena forma de conseguir visitas, más aún si su objetivo es el de levantar la alarma social sobre una serie para niños.

Doraemon no tiene mayor pretensión que la de hacer felices a niños que sueñan. Parece que los hijos de Roncagliolo también sueñan, pero él no sabe porqué.




Redactora de artículos variados (Neon Genesis Evangelion, Utena, Nier Automata, Berserk, D.Gray-man) sobre worldbuilding, personajes o narrativa. De vez en cuando alguno de opinión. Tengo un blog donde hago lo mismo pero con libros.