‘Pokémon Go’: cuando los adultos juegan a Marco Polo y al escondite

Cuando una aplicación tiene el poder de unir a generaciones y que estas salgan a la calle
Pokémon Go adultos

Vivas en una gran ciudad o en un pequeño pueblo siempre vas a encontrarte lo mismo cuando salgas a la calle: mucha gente andando de arriba para abajo con los móviles y, en determinadas zonas y parques, grupos de personas sentadas en bancos y césped. No están leyendo una noticia de trascendencia histórica y mundial, no están chateando con el Whatsapp, y tampoco es una quedada por el medio ambiente. Todos ellos, y muy probablemente tú también, tienen algo en común: juegan a Pokémon Go.

Guardo una especial simpatía y afición por la franquicia japonesa de los monstruos de bolsillo. Viví en primera persona la época en la que el boom de las ediciones Roja y Azul en 1999 lograba conquistar todos los países del primer mundo. Aquello era una fiebre, todos los niños y adolescentes queríamos una Game Boy, un cartucho de Rojo y Azul y un cable link para combatir con sus amigos e intercambiar monstruos de bolsillo. Ya fuese en casa, en el recreo o en el parque, aquellas dos ediciones de Pokémon consiguieron que los niños saliésemos a socializar de una manera nunca antes vista, con algo que molaba mucho más que los cromos, y que nos invitaba a hacer amigos, compartir experiencias y secretos, y destacar entre los demás con rumores que leíamos en revistas oficiales o que directamente nos inventábamos para asombrar al resto. Mientras, la sociedad adulta no lograba comprender qué estaba pasando.

Ahora, 17 años después, el fenómeno vuelve a repetirse a escala mundial gracias a una aplicación gratuita para smartphones que altera el concepto original del juego pero que mantiene el lema “hazte con todos”. Ahora quien recorre mundo para ganarse la amistad de las 151 primeras criaturas -algunas de ellas con acceso aún bloqueado- no es un avatar que nos represente dentro del juego, sino nosotros mismos gracias al GPS del smartphone. Y mientras recorremos la ciudad, estos simpáticos bichos irán poniéndose en nuestro camino, momento que deberemos aprovechar para atraparlos y convertirlos en nuestros aliados. Pero Pokémon Go es mucho más que una aplicación a la que aún quedan bastantes cosas por añadir para que pueda ofrecer una experiencia totalmente gratificante. Pokémon Go también es una poderosa herramienta social que nos ha arrastrado a todos a la calle y a convertir en bulliciosos esos veranos que años atrás no eran más que simples desiertos.

Parque de Castelar Pokemon Go

Ayer mismo salí a hacer una ruta en bici por Badajoz para tomar un poco el aire. Era por la tarde y ya comenzaba a hacer un poco de fresco, mientras que mi casa hace horas que ya se había convertido en un horno capaz de freír un huevo en el mismo suelo de la cocina. Decidí hacer lo típico, darme un paseo en bici, comprar algún refresco por el camino y llevar mi smartphone para cazar Pokémon raros en algunos puntos clave de la ciudad que he descubierto. Al final acabé en el centro de la ciudad, por lo que me animé a pasarme por el Parque de Castelar, un lugar donde hay juntos ni más ni menos que cuatro Poképaradas, lugares donde el jugador puede recoger cada cierto tiempo un número de obsequios, que van desde pociones para curar a los Pokémon debilitados hasta Pokéball para domesticar a los que se encuentran en estado salvaje.

Al llegar al parque me quedé realmente asombrado. Desde la salida de la aplicación había pasado por allí unas tres o cuatro veces, pero era a horas demasiado tempranas como para poder comprobar el efecto real de Pokémon Go sobre la pequeña ciudad de Badajoz. Sin embargo ayer visité aquel parque un domingo, a las 21:00 horas, y el panorama era totalmente distinto. Alrededor de cien personas de todas las edades se reunían allí para compartir, de un modo u otro, la fiebre por los monstruos de bolsillo. Preadolescentes que van a recoger unas pocas Pokéball, parejas de enamorados que hablan de Rattatas y Mr. Mime mientras pasean agarrados de la mano, grupos de amigos de 18, 20 y 30 años echados en el césped mientras capturan Pokémon y charlan escuchando música e incluso padres utilizando la aplicación junto a sus hijos. Y de fondo, unos beneficiados y unos perjudicados: por el lado positivo, un chiringuito que ha tenido la suerte de ser una Poképarada y ha visto cómo sus mesas se llenan de padres, familias, parejas y grupos de amigos con ganas de tomarse algo mientras charlan y capturan Pokémon. Por el lado negativo, los pobres patos del parque que, a través de sus ojos vidriosos, me contaban con penuria que ya nadie les echa gusanitos para cenar. Pobres patos, snif.

machete al Machoke

Allí me encontré con unos amigos que conocí casualmente a través de las redes sociales. Nada más encontrarnos podréis imaginaros el tema de conversación inicial. Acabamos hablando de los Pokémon que nos faltaban, y cuando él me comentó unos cuantos le dije que conocía algunos nidos donde estos Pokémon solían aparecer. Como ese lugar, el Puente de Palmas, estaba realmente cerca, nos animamos a ir para allá, y cuál fue mi sorpresa que acabé topándome con mi amigo Carlos, al cual no veía desde hace más de diez años, cuando ambos íbamos a cuarto de la ESO y ya por aquel entonces vivíamos en nuestras carnes la fiebre Pokémon. Él también iba en bici, y tras charlar un rato y ponernos al día sobre nuestras vidas, de repente Carlos me interrumpe: “Uy, perdona, es que me ha aparecido un Pokémon”. “¿No me digas que tú también juegas a Pokémon Go?”, le dije. A lo que me contestó “Sí, tío, aquí con 30 tacos y ya me ves aprovechando las vacaciones para cazar unos Growlithes y Clefairys, que estoy flipando porque esos son super raros en Lyon, Francia”. Al final, en este pañuelo de ciudad, y una vez hecho lo que tenía que hacerse en aquel puente, volvimos al parque mientras recordábamos nuestros mejores momentos de la adolescencia y hablábamos de los monstruos de bolsillo.

Fue entonces cuando me di cuenta del poder de Pokémon Go sobre todos nosotros. Y fue cuando descubrí que esta herramienta ha contribuido a romper otras barreras: la de padres e hijos que a veces no se entienden y que están ahora unidos gracias a unos animales japoneses, la de jóvenes que normalmente no saldrían de casa “porque hace calor y da pereza” pero que ahora vuelven a los parques a celebrar un botellón social en el cual emborracharse de buenos momentos. Del buen ambiente y de una sana afición, de adultos que rompen con los prejuicios que la sociedad guarda para los productos de nuestra infancia, y de negocios que incrementan sus beneficios gracias a la idea de un japonés que después fueron materializadas en San Francisco. Y mientras, resguardados silenciosamente en la sombra de la noche, de nuevo esos pobres patos que no habían cenado gusanitos.

Pokemon Go mayores de edad

Recientemente, una encuesta arrojaba a la luz que la mayoría de jugadores de Pokémon Go son mayores de edad. El 46% del total de jugadores comprende entre los 18 y 29 años. Un 25% de jugadores comprende entre los 30 y 50 años. Las edades comprendidas entre los 13 y 17 suponen un 22% de jugadores. Y, por último, aquellos de más de 50 años, que tan solo son el 6% de jugadores.

Esto deja claro que no solo la franquicia Pokémon ha logrado algo realmente increíble, revivir un boom social ocurrido hace más de 15 años. También se ha conseguido que los adultos que en su día fuimos niños volvamos a jugar de una manera especial a Marco Polo y eal juego del escondite. Al fin y al cabo la filosofía de esos juegos de la infancia se convierten en Pokémon Go en la única manera posible de capturar a estas criaturas. Pero también el logro se hace de la manera más sana posible, dando una contundente bofetada a estigmas y prejuicios que asocian los videojuegos con hábitos poco saludables e incluso asociales.

Ser adultos y jugar a videojuegos no implica ser niños ni infantiles, tampoco significa un regreso a la infancia. Simplemente dedicamos nuestro tiempo de ocio a lo que más nos gusta, que tenga colores más alegres o más apagados no lo hace ni más adulto ni más infantil. Disfrutad de esta fiebre lo mejor que podáis sin miedo a cuñados ni vendedores de noticias sensacionalistas. Y disfrutadlo haciendo lo que más os gusta, sobre todo si es compartiéndolo con vuestros amigos, o incluso con vuestros hijos.